Puedo con esta tristeza porque no es nueva; de vez en cuando la dejo salir para que me reconozca y no me dañe. Viene del mismo lugar que la negación, el miedo y la inseguridad, ahí espera junto a las demás tristezas que he dejado caer una a una suavemente. Me despojo de ellas con la misma fuerza de aquel que contiene el llanto cuando no quiere llorar pero finalmente lo hace.

Cada una deja un espacio en mí que le espera a su regreso, están todas juntas apiladas una sobre otra. Ahí se encuentra la del desalmado, la del egoísta y también la del orgulloso que se lleva bien con la del indiferente.

A veces salen todas juntas y me acompañan cuando más vulnerable me encuentro, se abalanzan sobre mí y golpean fuerte como cañones de guerra, ellas saben que los espacios que han dejado antes de irse es donde duele más.

La vulnerabilidad viene después de una noche de fiesta cuando eh agotado ya mis energías y no me quedan fuerzas para defenderme, el alcohol influye para la depresión, por eso las mañanas de domingo aplastan.

Yo prefiero tomarlas una a una, para evitar que lleguen por sorpresa y que juntas logren nublar mi mente, pues entumecen mi cuerpo y mis ojos lloran melancolía, lo que provoca que mi boca se abra y diga cosas que normalmente no pienso, hacen que me levante lento de la cama y con desgano, las personas que me rodean con dificultad se acercan.

Lo importante es no olvidar que también puedo llevarlas de vuelta al lugar de donde salieron, con algo de práctica aprendo a sacarlas solo de vez en cuando, cuando las necesito; he aprendido a amarlas porque es mi naturaleza, no se puede odiar al viento cuando es tornado si el resto de las estaciones trajo tanta paz.

Por Charly Zanahoria