He pasado dos días sin dormir y estoy frente al DJ set que organizó ‘supremo’ (especificar cuál de todos mezcla en este instante sería una falacia de mi parte). Me alejo y me acerco con pasos que preceden a mi voluntad, mi voluntad de todas formas ya es una mancha borrosa que en ocasiones lúcidas adquiere contornos hermosos pero probablemente inexistentes, el mundo es una marea; trae y se lleva sensaciones consigo, el tiempo sólo existe por que los párpados pesan y la música se siente como una extensión de un instante que sucedió ayer, tal vez, toda esta monotonía es sublime, todo es lo mismo desde que me sumergí horizontalmente dentro del mar de este absurdo; el viernes a las nueve con cincuenta y seis minutos de la noche. No quise ponerme a prueba, tampoco experimentarme con ‘el rave’ (a estas alturas de mi vida la modificación más simple de la realidad es suficiente para doblegarme con tan solo un poco de su inclemencia) fue una coincidencia que mientras más se alargaba más testaruda se volvía, más compleja mientras más ligero me tornaba, todo lo que necesitan saber es que no permití mi caída, llegar hasta aquí fue el último empujón de una voluntad inconsciente, cada segundo es una resistencia diferente, usar la creatividad para sobrevivir como si se tratase de arte; las patadas de ahogado que le dicen. Siempre he creído que la verdad surca los límites más lejanos, la zona de confort tiene la ventaja de hacernos creer que no necesitamos de ella; ahora mismo lo sé, la percepción entrenada puede ser absoluta, aflojar las cadenas con los excesos y ver florecer entre la sobriedad y la enfermedad esa premonición pura; la posibilidad es nuestra para elegirla, sí, también ustedes lo saben, ese estado de seguridad agigantado que nos hace mandarle ese mensaje de texto al amor platónico en turno o rifarnos un tiro sintiendo en nuestro puño de antemano una fuerza endemoniada y aunque esto la mayoría del tiempo resulte en un fiasco, por un instante la duda deja de habitarnos. Así yo, el momento me transgrede y me arroja fuera de cualquier persona que creo que soy, cierro los ojos y termino de entregarme… la música, el lugar, todo florece en mi pecho incluso esas personas que me miran incrédulas esperando a que mi éxtasis termine en una carcajada.

No pasa mucho ¿cuánto?; metaforizar al tiempo ya no me funciona, la energía se me acaba y los pies que ya no resisten mis caprichos se me anudan, caigo, una caída lenta que me va reduciendo a mi lado humano, peor aún todo lo que creía sagrado se va tornando patético mientras más me acercó al suelo, estoy derrotado, y aunque no hay dolor siento como se rompe el trance, regreso a la realidad el domingo a la una con treinta y dos minutos de la madrugada. Prefiero no levantarme, acaricio el césped con la mano derecha y cierro los ojos con las fuerzas de mi último acto desesperado.

Apareció una foto que no recuerdo haber tomado, uno de muchos instantes sacrificado por el lujo de escapar de mí mismo, a pesar de que esa noche se me escapa entre los dedos me deja un rastro de conciliación, estos chicos sí que saben propiciar epifanías.

 

Armando Castillo

 

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