Por: Missael Delgado
Escribir esta crónica me resulta una aventura difícil. No por la tarea en sí, puesto que escribir es una de mis actividades cotidianas. El temor nace de quedarme corto con las palabras para describir la enorme celebración que aconteció el pasado domingo 12 de abril en la pequeña pero cálida ciudad de Salamanca.
Adelantándome en el tiempo, cuando casi todas los y las asistentes habían abandonado el lugar, pude platicar y escuchar de primera mano la experiencia de las personas que se encargaron de organizarlo todo. Su rostro mostraba cansancio, pero una felicidad inagotable. A pesar de lo difícil y poco retribuyente que es llevar a cabo un evento, se encontraban satisfechos de haber tenido en su ciudad a No tiene la vaca, esa banda que ellos (y yo) venimos escuchando desde la secundaria y que tenían más de diez años sin pisar tierras guanajuatenses.
Se sentía como un evento íntimo, y no porque hubiese poca gente, sino porque todos y todas se saludaban y se sonreían con una camaradería ciertamente particular. En otros tiempos juntar a gente de Irapuato, Salamanca y León habría resultado problemático, pero esa tarde de domingo el único inconveniente fue el reloj que no quería detenerse.
Asistí a este evento con tres amigos más, y nuestra llegada fue justa para alcanzar a escuchar a Ruido de la calle, banda originaria de la ciudad de las fresas, encargada de abrir el evento. Algunas personas tomaban pulque, unas más cervezas o uno de los tantos antojitos que también se vendían en el spot. El sol bajaba de a poco y la sombra que se proyectaba era la adecuada para que la gente pudiera estar bailando y disfrutando del show que recién iniciaba.
Alrededor, las paredes se pintaban con el trabajo de algunos grafiteros, dándole color a la tarde. Niños y niñas también compartían el espacio, mostrando que desde la infancia se baila y se disfruta la música que nos acompaña toda la vida.
Un rato después, los anfitriones conocidos como La perra mendiga continuaron con la sesión musical, insertando de manera adecuada su ska core, en la antesala de la banda jalisciense que estaba pronta a llegar. Muchos de los asistentes, salamantinos también, coreaban y bailaban al ritmo de la banda local, que se dejó el alma con la emoción a flote por compartir escenario con sus ídolos.
El cielo comenzaba a nublarse y por la pequeña puerta delantera se le vio entrar a Wuicho, vocalista de La Vaca, la protagonista de esta historia que llegaba con su gira “Campeones del mundo” en el marco de sus 28 años en los escenarios. Un grupo icónico y de culto en el movimiento ska mexicano, siendo parte de la historia grande de nuestro país. Yo salía del baño cuando coincidí con Wuicho y nos fundimos en un abrazo que esperó una década en consumarse. La alegría crecía y ver entrar a cada uno de los integrantes con sus instrumentos no hacía más que acelerar mi corazón.
En una mano una Carta a Van Gogh (Carta Blanca para la banda) y en la otra un porro, me preparaba para presenciar un show que anhelé años y años. Mientras se instalaban y hacían soundcheck, pude acercarme a Mike y Costeño, baterista y bajista de la banda, para recordar viejos tiempos, encontrarnos más adultos y mostrar la alegría de coincidir otra vez.
Me gustaría poder ahondar en cada una de las sensaciones que recorrieron mi cuerpo cada que empezaba o terminaba una canción. Contar qué o a quién me recuerda una u otra letra, a quién le canto en silencio y como cada estrofa vibraba en mi pecho, pero para eso necesitaría muchas páginas y, aparte de que sería tedioso de leer, prefiero guardarme para mí las lágrimas que corrieron en mi mejilla y la manera en que me abracé con mis amigos con algunas de las rolas.
Canté de inicio a fin el set list elegido por los vacunos, que tuvieron que ser resguardados bajo una carpa y una lona mientras una llovizna amenazó por unos minutos con parar el concierto. Pero ese día era tan perfecto que ni las inclemencias del clima pudieron mermar nuestra infinita alegría.
No tiene la vaca se despidió cuando la noche empezaba a caer, mientras nos acercábamos a tomarnos fotos y pedir autógrafos. Volví a abrazarles, esperando no pasaran diez años más para volverles a ver.
Posterior a eso, y con una guitarra al hombro que me gané producto de una rifa, La perra mendiga volvió al escenario para continuar con algunas canciones y extender el festejo por un rato más. Después, una chica tomó el micrófono para tirarse algunas canciones de rap y el acto culmine llegó de la mano de los pibes de Rezarpa2, que improvisaron varios temas de cumbia villera y cuarteto cordobés.
Entre abrazos, agradecimientos y promesas de volver o venir, nos despedimos de la gente salamantina que hizo de aquel domingo un día inolvidable.





