Hoy la propuesta del radar viene desde Nueva Zelanda, explorando el nuevo trabajo de Jonathan Bree previo a su visita al festival Hipnosis: una figura cuya trayectoria ha sido alimentada por un cripticismo intencionado y por una constante obsesión por reinterpretarse bajo un mismo —aunque siempre intrincado— panorama conceptual; un artista que tuvo que construir un personaje para alcanzar esa profundidad que le exigían las tendencias creativas en turno y así poder usar lo impredecible como recurso, la surrealidad como concepto y la reinvención como un objetivo tanto puntual como inesperado. El resultado es siempre un híbrido hipnótico con matices tanto de desolación como de ensueño.

Hace unas semanas, Jonathan Bree reveló su sexto álbum de estudio, ‘Don’t Call It Love’, un trabajo que continúa con la elogiada mitología de su carrera y que aquí profundiza desenmarañando las raíces más emblemáticas de su sonido. Es un trabajo que se deconstruye de manera lenta y precisa en el minimalismo, enfocándose en los detalles en turno para dar con un tono intermitente que juega entre lo desesperanzador, lo sensual y lo surreal, moviéndose dentro del new wave, las atmósferas noir y los sintetizadores densos y omniscientes que, lejos de envolver, enfatizan con sencillez lo carnal en las notas; aquí el deseo crece mientras el álbum avanza, sin dejar atrás los abismos y silencios que, de la misma forma, preceden inevitablemente a lo consumado, a lo intocable.

Para la recomendación de nuestra canción predilecta del álbum, escogimos un tema que aborda más resueltamente el contraste que lo habita: un disco en el que, a pesar de sus variados matices sonoros, la oscuridad se mantiene como una constante —agradeciendo siempre, de este lado, esa obsesiva complicidad por lo calado—. En ‘Chameleon’ hay una unión entre dos voces, Jonathan Bree y Bambi, entre dos idiomas y entre ritmos; una unión cuyos elementos se van entrelazando de manera sucesiva hasta quedar finalmente amarrados en un himno en el que la invitación se nos da de manera simbólica, sonora y narrativa: darle parámetros al deseo, nombrarlo, sentirlo y consumarlo.

Para concluir, toca hablar un poco de las presentaciones en vivo de Jonathan Bree; sobra decir que se trata de una experiencia especialmente montada para potenciar la intención del álbum, en la que lo visual complementa esta narrativa sensorial cuyo fin es sumarle capas a la inmersión en lo surreal. Habitualmente, sus integrantes salen enmascarados y toman un escenario donde se acentúan lo críptico, el valle inquietante y el delirio conjunto; cuando empieza la música, el paralelismo es casi insostenible, pero perpetuo. Conectar estos estímulos es un acto progresivo, y durante ese proceso el contraste les da un brillo especial a lo visual, a lo sonoro y a lo imaginario; elementos que no tardan en encontrarse, precisamente cuando uno acepta el ritual y se suelta por completo en este sueño bizarro y seductor, en esta alucinación compartida orquestada por el único Jonathan Bree. Recuerden: nos vemos para compartir el trance este siete de noviembre en el festival Hipnosis. (Boletos)